Del coaching original al negocio de la motivación

La palabra coaching se utiliza hoy para describir actividades tan diferentes que, en muchos casos, apenas guardan relación entre sí. Bajo una misma etiqueta encontramos acompañamiento profesional, desarrollo ejecutivo, conferencias motivacionales, recetas para alcanzar el éxito, propuestas de transformación personal e incluso prácticas que entran directamente en el terreno de la terapia sin contar necesariamente con la preparación clínica necesaria.

El resultado es una disciplina cuya identidad se ha vuelto difícil de reconocer. Sin embargo, el coaching no nació como una industria de la motivación ni como un sistema para decir a otras personas cómo deben vivir. Sus raíces apuntaban precisamente en la dirección contraria: crear las condiciones para que alguien pudiera observar mejor lo que le ocurre, reducir sus propias interferencias y recuperar autonomía para decidir.

Para entender cómo se ha llegado hasta la situación actual conviene volver al principio.

Antes del coaching estaba el «juego interior»

Uno de los antecedentes fundamentales del coaching moderno apareció en un lugar bastante alejado de los despachos corporativos: una pista de tenis.

En 1974, Timothy Gallwey, capitán del equipo de tenis de la Universidad de Harvard, publicó The Inner Game of Tennis. Aunque el libro no utilizaba todavía la palabra coaching en el sentido que posteriormente adquiriría, planteaba una idea que acabaría siendo fundamental para esta disciplina.

Gallwey observó que el rendimiento de un jugador no dependía únicamente de su técnica. Una parte importante de sus dificultades procedía de la conversación que mantenía consigo mismo mientras jugaba. Para describir ese conflicto diferenció dos dimensiones.

Por una parte estaba el Yo 1, la voz que analiza, ordena, juzga y corrige constantemente. Es esa parte de la mente que, en mitad de una acción, insiste en controlar cada movimiento y anticipa el posible error. Por otra, situaba el Yo 2, relacionado con las capacidades que la persona ya posee y que pueden desarrollarse mediante la experiencia, la observación, la práctica y la percepción directa.

El problema aparece cuando el primer sistema interfiere continuamente sobre el segundo. Cuanto mayor es la presión interna, la autocrítica o el miedo a equivocarse, más difícil resulta actuar con naturalidad.

Desde esta perspectiva, mejorar el rendimiento no consiste necesariamente en añadir más instrucciones. En ocasiones sucede exactamente lo contrario: hay que reducir la interferencia. Esto transformaba también la función del entrenador, que en lugar de convertirse en una fuente permanente de órdenes podía ayudar al jugador a observar lo que estaba sucediendo y permitir que aprendiera de su propia experiencia.

Ahí aparece una de las ideas que posteriormente definirían al coaching: la persona no necesita que alguien piense por ella, sino un contexto que le permita pensar con mayor claridad.

Cuando aquellas ideas entraron en la empresa

La filosofía desarrollada por Gallwey terminó trascendiendo el deporte. Sir John Whitmore trasladó estas ideas al ámbito profesional al observar que muchos de los obstáculos que afectaban a los deportistas también estaban presentes en las organizaciones.

Un directivo puede tener conocimientos suficientes para desempeñar su trabajo y, aun así, quedar limitado por el miedo a equivocarse, una interpretación rígida de una situación, la necesidad de control, determinadas creencias o una autocrítica excesiva. El problema ya no era únicamente técnico, sino también la manera en que la persona observaba la realidad y se relacionaba con ella.

Whitmore contribuyó a formalizar el coaching aplicado al rendimiento y, en 1992, publicó Coaching for Performance, una de las obras fundamentales para la expansión de este enfoque.

Una de las herramientas más conocidas asociadas a esta etapa es el modelo GROW, que permite ordenar una conversación alrededor de cuatro ámbitos:

Goal — Objetivo: qué quiere conseguir realmente la persona.

Reality — Realidad: qué está ocurriendo ahora, cuáles son los hechos y qué parte pertenece a su interpretación.

Options — Opciones: qué posibilidades existen y qué alternativas no se han contemplado todavía.

Will / Way Forward — Voluntad y avance: qué va a hacer la persona a partir de lo descubierto y qué compromiso concreto está dispuesta a asumir.

La importancia del modelo no reside simplemente en seguir cuatro letras. Detrás existe una concepción determinada de la relación profesional: el coach no debe convertirse en quien proporciona todas las respuestas.

Su función consiste en favorecer dos elementos esenciales: conciencia y responsabilidad. Conciencia para que la persona pueda observar con mayor precisión aquello que está ocurriendo, y responsabilidad para que las decisiones que surjan de esa reflexión sigan perteneciendo a quien tendrá que ejecutarlas.

De metodología de acompañamiento a producto de consumo

El crecimiento del coaching dentro de las empresas abrió un enorme mercado alrededor del desarrollo personal y, con el mercado, llegó también una transformación.

Una práctica basada originalmente en la escucha, las preguntas y la autonomía comenzó a mezclarse progresivamente con otros productos mucho más fáciles de vender: motivación, inspiración, promesas de éxito, discursos emocionales y fórmulas universales.

El término coaching se convirtió en una etiqueta comercial extraordinariamente flexible. Y cuanto más flexible se volvía la palabra, más difícil resultaba saber qué había realmente detrás de ella.

La motivación como sustituto del análisis

Una de las desviaciones más visibles consiste en reducir problemas complejos a consignas voluntaristas del tipo «todo depende de ti», «no existen límites» o «si lo deseas suficientemente, puedes conseguirlo».

Este tipo de mensajes puede provocar entusiasmo durante unas horas o unos días. El problema aparece cuando se presentan como una explicación de la realidad, porque las personas operan dentro de circunstancias concretas. Existen restricciones económicas, familiares, profesionales, sociales, físicas y temporales que no desaparecen mediante una modificación del estado de ánimo.

Cuando alguien recibe el mensaje de que su voluntad es suficiente para superar cualquier obstáculo, el fracaso puede terminar interpretándose como una deficiencia personal. La motivación deja entonces de ser útil y puede transformarse en culpabilidad.

El coach convertido en gurú

Otra contradicción frecuente aparece cuando el supuesto coach empieza a decirle al cliente lo que debe hacer mediante expresiones como «lo que necesitas es…», «yo en tu lugar…», «tienes que cambiar…» o «sigue estos pasos…».

Puede tratarse de un consejo excelente, pero conceptualmente estamos entrando en otro tipo de relación. Un mentor aporta experiencia, un consultor recomienda soluciones y un formador transmite conocimientos. El coaching, cuando pretende conservar su naturaleza no directiva, juega otro papel.

El profesional no debería sustituir el criterio de la persona por el suyo. Su trabajo consiste en mejorar la calidad de la reflexión del cliente, no en convertirse en protagonista de sus decisiones.

Cuando el coaching pretende convertirse en terapia

Existe además una frontera especialmente importante: la salud mental. Depresión, trastornos de ansiedad, trauma, duelo patológico u otros problemas clínicos requieren profesionales con la capacitación adecuada para abordarlos.

Presentar una intervención de coaching como sustituto de atención psicológica o psiquiátrica no constituye simplemente una confusión terminológica. Puede suponer un riesgo para la persona que necesita ayuda.

El coaching pierde rigor cuando pretende abarcar problemas para los que no fue concebido y para los que el profesional que lo practica puede no estar cualificado.

El regreso a un coaching menos directivo

La expansión del llamado coaching comercial también ha provocado una reacción dentro de la propia disciplina. Frente a los modelos centrados en motivar, aconsejar o empujar rápidamente hacia la acción, han aparecido enfoques que intentan recuperar el carácter no directivo del coaching.

Dentro de esta evolución se sitúa el Coaching Realista, desarrollado por Carlos Melero. Su propuesta recoge algunos de los principios presentes en Gallwey y Whitmore, pero trata de estructurar con mayor precisión la conversación y limitar todavía más la intervención del coach sobre el contenido que aporta el cliente.

El objetivo cambia de forma significativa. No se trata simplemente de conseguir que una persona salga de una sesión con una lista de tareas, sino de que pueda observar de otra manera aquello que anteriormente la mantenía bloqueada.

Primero cambiar la observación; después, la acción

Una diferencia importante aparece en la relación entre reflexión y acción. Muchos procesos de desarrollo personal tienen prisa por terminar con un plan y recurren rápidamente a preguntas como «¿qué vas a hacer mañana?», «¿cuáles serán tus tres próximos pasos?» o «¿a qué te comprometes?».

Estas preguntas pueden resultar útiles, pero existe el riesgo de intentar modificar una conducta sin haber comprendido todavía la interpretación que la está generando.

El Coaching Realista pone el foco primero en el observador. Si una persona continúa interpretando una situación exactamente igual que antes, un nuevo plan de acción puede convertirse simplemente en otro intento de hacer cosas diferentes desde las mismas premisas.

Cuando cambia la forma de observar el problema, en cambio, pueden aparecer opciones que anteriormente ni siquiera eran visibles. La acción deja entonces de necesitar un impulso artificial y surge como consecuencia de una nueva comprensión.

Tres perspectivas para comprender el discurso

Uno de los elementos metodológicos del Coaching Realista es la organización del discurso alrededor de tres Yoes.

    • El Yo Actual: Cómo se define el cliente hoy y bajo qué premisas opera.
    • El Yo Afectado: La zona de vulnerabilidad o interpretación que sostiene el problema.
    • El Yo Influyente: El eje de responsabilidad donde el cliente define quién necesita ser en su día a día (sus conductas y hábitos bajo su control) en lugar de obsesionarse con metas ideales abstractas fuera de su alcance.

El coach como espejo, no como autor de la solución

La no directividad adquiere aquí una importancia especialmente fuerte. El coach no está para introducir conocimientos que el cliente no ha solicitado, confirmar que una interpretación es objetivamente correcta o utilizar preguntas diseñadas para llevarlo hacia una conclusión que el propio profesional ya ha decidido.

Tampoco debería imponer su sistema de valores mediante interrogaciones aparentemente neutrales, porque una pregunta puede contener tanto consejo como una afirmación.

Por eso, una conversación verdaderamente no directiva debería permitir que aparezcan descubrimientos que ninguno de los participantes pudiera anticipar al comenzar la sesión. Si el coach conoce de antemano la respuesta a la que quiere conducir a la persona, probablemente ya no esté facilitando una exploración: está dirigiéndola.

Realismo frente a entusiasmo obligatorio

Otra diferencia relevante se encuentra en el tratamiento de las emociones. El objetivo de un proceso serio no tiene por qué ser que el cliente termine cada sesión sintiéndose eufórico.

Puede terminar tranquilo, sorprendido, incómodo, pensativo o simplemente viendo con claridad algo que antes no veía. La utilidad de una conversación no se mide por la intensidad emocional que produce.

El propósito es aumentar claridad, coherencia y capacidad de decisión. La emoción puede aparecer, pero no necesita convertirse en el producto que se vende.

Cómo reconocer cuándo el coaching se está convirtiendo en otra cosa

No siempre resulta sencillo distinguir una práctica rigurosa de una propuesta puramente comercial, pero existen algunas señales que deberían despertar cautela.

Cuando el profesional necesita decirte continuamente qué hacer

Si la conversación está llena de instrucciones, recomendaciones y soluciones proporcionadas por el profesional, posiblemente estés ante consultoría, mentoría o asesoramiento.

Nada de eso tiene por qué ser negativo. El problema aparece cuando se comercializa como coaching aquello que en realidad funciona mediante consejo directo.

Cuando su vida es la demostración de que su método funciona

Otra señal aparece cuando el profesional convierte su propia biografía en el principal argumento comercial y utiliza su riqueza, su transformación personal, su estilo de vida, su éxito empresarial o sus resultados como prueba de que su método funciona.

El mensaje implícito suele ser: «haz lo que yo hice y obtendrás lo que yo conseguí». Pero el coaching parte precisamente de reconocer que la persona que tenemos delante no posee necesariamente el mismo contexto, capacidades, circunstancias, prioridades ni mapa mental que el profesional.

El éxito personal del coach no demuestra que su camino sea reproducible para los demás.

Cuando promete sanar problemas psicológicos

Si una persona sin la formación sanitaria correspondiente promete sanar traumas, depresiones, heridas emocionales profundas o trastornos psicológicos mediante coaching, la prudencia debería ser máxima.

Un proceso de coaching responsable necesita reconocer sus propios límites y saber cuándo una situación corresponde a otro ámbito profesional.

Cuando incorpora explicaciones pseudocientíficas

También conviene desconfiar cuando una metodología de coaching se presenta mezclada con afirmaciones sobre física cuántica aplicada al pensamiento, bioneuroemoción, lecturas energéticas, reiki, constelaciones familiares u otras prácticas utilizadas para justificar supuestos mecanismos de transformación personal.

Añadir vocabulario científico a una afirmación no la convierte automáticamente en ciencia.

También existen modelos de escuela especialmente problemáticos

Las señales de alerta no aparecen únicamente en profesionales individuales. Algunos modelos de formación pueden construirse alrededor de dinámicas comerciales que tienen poco que ver con el aprendizaje riguroso de una metodología.

Uno de ellos es el modelo basado casi exclusivamente en el carisma de una figura central. Grandes escenarios, música, discursos de máxima intensidad, dinámicas emocionales y promesas de transformación inmediata pueden generar experiencias subjetivamente poderosas, pero una experiencia intensa no equivale necesariamente a una formación profesional sólida.

Otro modelo problemático aparece cuando los alumnos son introducidos en sistemas de niveles y progresión en los que parte de su avance depende de captar a nuevas personas de su propio entorno. Cuando formación, presión grupal y reclutamiento empiezan a mezclarse, el objetivo educativo puede quedar subordinado al modelo comercial.

Finalmente están las certificaciones exprés. Convertirse en un profesional capaz de acompañar conversaciones complejas exige práctica, supervisión, criterio y entrenamiento, por lo que deberían generar dudas aquellas propuestas que presentan la profesión como una oportunidad rápida de generar ingresos después de un curso extremadamente breve.

Cuando el principal argumento para estudiar coaching es «monetiza tu pasión», «vive de ayudar a los demás» o «consigue libertad financiera», quizá el producto que realmente se está vendiendo no sea el dominio de una metodología, sino una expectativa.

Recuperar el sentido original del coaching

El coaching no necesita prometer felicidad, garantizar éxito ni convertir al profesional en un personaje inspirador. Y mucho menos debería intentar sanar patologías para las que existen disciplinas clínicas específicas.

Su valor puede encontrarse en algo bastante menos espectacular y, precisamente por eso, más exigente: crear una conversación en la que alguien pueda escucharse sin que otra persona invada inmediatamente ese espacio con respuestas; separar hechos de interpretaciones; detectar contradicciones; examinar las premisas desde las que se está observando una situación; reconocer qué depende realmente de uno mismo y qué no; y recuperar la capacidad de decidir sin delegar el propio criterio en un gurú.

Quizá ahí siga estando la esencia que conectaba aquellas primeras observaciones de Gallwey con las formas más rigurosas del coaching actual.

El verdadero coaching no te dice quién debes ser ni qué camino seguir: elimina el ruido para que vuelvas a pensar, decidir y actuar por ti mismo.

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